Paulina miraba por la ventana. Presionó su frente contra el vidrio, cerró los ojos y dejó que el sol caliente un poco su cara. Ya eran las 12:00, y comenzó a sentir mariposas en su estómago. Revisó su teléfono una vez más: no tenia mensajes recibidos. Paulina volvió a su escritorio y trataba de calmar su ansiedad trabajando en un informe pendiente que entregaría esa tarde. Pasaron diez minutos y llegó el mensaje que esperaba. Recogió su cartera y se despidió de su nueva compañera de trabajo. Se suponía que Paulina no debía dejarla sola, pero más podían las mariposas en su estómago y se marchó. Mientras avanzaba al ascensor, se le cruzó la idea por su mente: bajar el edificio por las escaleras. Se sumergió en un soliloquio que era usual en Paulina a esta hora: "No seas tonta Pau, que no puedes bajar los dieciocho pisos por las escaleras! El de por sí ya es impaciente, te demorarás más! Los ascensores, es cierto, parecen ataúdes, pero no te va a pasar nada. Confía en la tecnología, mujer!". Entró al ascensor, pensó que era un alivio que no hubiese nadie más: no pasaría la usual verguenza cuando ponía esa cara de horror al comenzar a bajar. Los dieciocho pisos fueron eternos, recordaba todas las películas de terror que había visto en el último año y sólo podía imaginar que ese ataud que la llevaría a la planta baja se estrellaría y terminaría en un espectacular juego pirotécnico. De repente, sus tétricos pensamientos pararon al escuchar ese sonido conocido: la voz al otro lado del teléfono, con su característica dulzura, le decía que ya estaba en camino. Las mariposas de Paulina revoloteaban en su estómago, su corazón se aceleraba y se dibujaba una gran sonrisa en su rostro. Era extraño, pero cuando El llamaba, no se cortaba la comunicación en el ascensor. Paulina sabía que eran esos hilos que teje el Universo, que los unía de alguna manera y ella prefería llamar a este fenómeno "Amor". Llegó a la planta baja, sin juegos pirotécnicos para su tranquilidad. Salió del edificio rápidamente para llegar primera al lugar de encuentro. Sabía que El caminaba muy rápido, pero ella estaba más cerca. El siempre era muy puntual, totalmente opuesto a Paulina: ella ni siquiera se preocupaba por ver el reloj. Sin embargo, con El, aprendió que el tiempo era muy valioso. Mientras pensaba en esto, vió su reloj. Tenía dos minutos para llegar, y aún dos cuadras por recorrer. Apresuró el paso mientras lidiaba con el calor del mediodía. El blazer de oficinista color negro que vestía no era lo más apropiado para llevar en ese momento. Las mariposas comenzaron a revolotear nuevamente, pero mucho más rápido. El sudor recorría su frente, pero ya veía la meta: la esquina. Esa esquina era el punto de encuentro. No veía a nadie ahí, así que asumió que le había ganado. Mientras esperaba que el semáforo cambie para poder cruzar la calle, lo vió a lo lejos. El, con su camisa azul, su pantalon caqui y su cabello hacia atrás, caminaba a paso vivo. Se reconocieron a la distancia y se sonrieron. El semáforo cambió, y Paulina cruzó corriendo la calle para llegar primera a la esquina. El también apresuró el paso.
Se vieron. Se rieron. Se abrazaron. Se besaron. Las mariposas de Paulina se movían de una manera diferente esta vez: estaban extasiadas. En ese momento no existía el calor, ni la gente a su alrededor, ni ese odioso blazer negro. Eran dos almas que se encontraron en un lugar que reconocían como suyo. El la tomó de la mano, y siguieron su camino. Era hora de almorzar.